Estimado señor Bengoa, sea bienvenido.
La crisis económica y el cambio político sorprenden a nuestro sistema de salud en una situación crítica.
La gestión de la sanidad como instrumento electoral y fábrica de votos nos tiene donde estamos.
Cualquier novedad es acometida si transmite al ciudadano la idea de una sanidad puntera, aunque la relación coste-beneficio sea descabellada.
La prioridad no es por un sistema sólido, sino brillante.
La calidad percibida prima sobre la necesidad no atendida. Viejas carencias como los servicios de urgencias o las listas de espera, por citar solo dos, languidecen a la sombra de grandes adelantos de beneficio minoritario. Pero permiten al gestor hablar de avances sin par en el mundo, los primeros de Europa, los únicos en el Estado…
La trampa consiste en que el ciudadano piense que sus impuestos mantienen una sanidad de alto nivel donde brotan las naturales cumbres.
Con semejantes manteles y cubertería ¿Quién va a pensar que la comida es mala? …hasta que te toca probarla…
La atención al personal sanitario no está en la lista de las prioridades de la administración.
Sus retribuciones y condiciones de trabajo forman parte de lo que no se ve, oculto por los brillos de la fachada.
De puertas adentro Osakidetza mantiene la perversa tesis de que todo aquello que sale de la bolsa para un colectivo, dejarán de percibirlo los demás. Es la forma de sacudirse la responsabilidad administradora y hacer que las embestidas sean de unos trabajadores contra otros. No va con ellos.
Naturalmente los recursos globales no son ilimitados, pero son nuestros gestores quienes reparten los lotes.
Hacer de una sede sanitaria una atracción turística como edificio emblemático nos costaría entenderlo aún cuando los médicos percibiésemos por las guardias las horas extraordinarias que cualquier otro ciudadano no perdona, o si no se nos escamotease un exiguo complemento roñosamente denegado a muchos profesionales, que lo son desde hace más de 25 años.
Esta fachada causará poco entusiasmo al ciudadano que acuda allí para gestionar sus demoras y menos aún al que espera ser atendido en unas urgencias. Es solo una muestra, y no la más cara, pero muy representativa. Emblemática.
En cualquier caso se ha costeado con dinero que los ciudadanos aportaron para ser invertido en su salud y cuidados. No en una dudosa apología del urbanismo.
Convertir el dispensario de Ledo en esta cosa ha costado, como usted sabe, más de 14 millones de euros, por encima de los 2400 millones de las antiguas pesetas. El mantenimiento del edificio será además complejo y caro de por vida.
Con estos dispendios ¿es de extrañar que se haga quiromancia con las nóminas de los trabajadores y se rebusque con triquiñuelas entre sus complementos?
Si así son los edificios administrativos, pensará el ciudadano sano, ¿Cómo serán las consultas y los laboratorios..?
Eso, ¿Cómo son?
Osakidetza tiene una deuda pendiente, creciente y muy judicializada, con sus trabajadores. Cada vez que empieza una legislatura o cambia un Consejero se lo venimos recordando.
La desmotivación es mucha no solo entre quienes peinamos canas. Los jóvenes ven en nosotros la imagen que les espera. Esperamos de usted que sea, por fin, el Consejero que ponga entre sus prioridades la atención al personal. Estamos muy hartos de tener que dirigirnos a Osakidetza solo a través de reclamaciones y recursos de alzada.
Estamos hartos de añadir al agravio de la desconsideración el bochorno de los recursos que se esfuman en festejos. El dinero no sobra para espectáculos, viajes, publicidad, monumentos, guateques, premios y celebraciones.
El dinero de la sanidad es para pagar salud. No para comprar votos.
Sea bienvenido, señor Consejero.
Los trabajadores de Osakidetza le estábamos esperando.
Salud y aciertos.
Pedro Aspízua (FFHE)
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